Varios escritores judíos que sufrieron en sus carnes el Holocausto fueron capaces de relatar su trágica experiencia y dar testimonio para la posterioridad de lo que ocurrió a través de sus vivencias personales. Un repaso a quienes desde la literatura nos legaron su testimonio del horror de la Shoá vivido en carne propia.
VIENA
Jean Améry. Al igual que tantos otros de su generación, la plácida vida de Jean Améry se vio interrumpida por la irrupción de los nazis en la vida política de su país. Améry, que había nacido en 1912 en una familia judía de Viena cuando todavía era el Imperio Austro-Húngaro, escapó de Austria a Bélgica cuando su país fue anexionado por la Alemania nazi.
Después de una vida de aventura, entre la resistencia contra los nazis en Bélgica, la detención y tortura por la Gestapo en Bruselas y diversas aventuras amorosas, Améry fue deportado a Auschwitz el 15 de enero de 1944.
Sobreviviría más de un año en este campo, que sería liberado por los británicos, y en 1945 regresaría de nuevo a Bélgica, donde se ganaría la vida escribiendo para periódicos belgas y suizos.
Siempre torturado por lo que había vivido y conocido durante la Segunda Guerra Mundial, incluso polemizando con Primo Levi -al que conoció a su paso por Auschwitz- y Teodor Adorno acerca de la verdadera y auténtica dimensión del Holocausto, Améry regresó a Austria para suicidarse en un hotel de Salzburgo en 1978.
Su muerte fue un aldabonazo a la dormida conciencia de millones de austriacos que habían contemporizado con los nazis mientras las chimeneas de Auschwitz exhalaban las cenizas de millones de judíos asesinados.
BUDAPEST
Imre Kertész. Procedente de una familia judía de la burguesía media húngara, Imre nació en Budapest en 1929 y después de realizar los estudios primarios, con apenas quince años fue internado por los colaboradores húngaros de los nazis en los campos de concentración de Auschwitz y Buchenwald, pero finalmente fue liberado y regresó a la capital húngara en 1945 para poder completar sus estudios.
Ejerció como periodista tras la guerra, pero en 1951 fue suspendido por no comulgar con la ideología comunista imperante ya en Hungría.
Es uno de los grandes escritores del Holocausto y escribió obras fundamentales para entender la dimensión moral y ética de este genocidio. Su obra Sin destino es uno de los libros imprescindibles para entender no solamente el Holocausto húngaro, sino en general para tener un mejor conocimiento de lo que significó la Shoá en Europa.
Se trata de una obra que, desde la mirada inocente de un niño judío de quince años, expresa la incomprensión por la tragedia que está viviendo y el final de la inocencia de una manera violenta al ver la falta de humanidad de sus captores y verdugos.
Kertész dejó una gran obra y murió en el año 2016 después de haber obtenido un gran reconocimiento internacional, incluyendo el Premio Nobel de Literatura en el 2002.
ORADEA
Eva Heyman. Con apenas trece años, Eva Heyman fue enviada a Auschwitz-Birkenau en junio de 1944 y gaseada unos meses más tarde, en octubre.
Considerada la Ana Frank del Holocausto húngaro, Heyman llevaba un diario de sus vivencias antes de ser deportada y donde relata el sufrimiento padecido por los judíos tras instalarse una administración en Budapest dócil y colaboradora de los nazis en la “solución final”.
El libro es un testimonio del gueto de Oradea, donde fueron internados miles de judíos de esta ciudad y otras zonas aledañas, y ha sido traducido a varias lenguas, entre ellas el hebreo, el rumano, el húngaro y el inglés.
Sus ansias de vivir, su esperanza de poder salir con vida de esta gran ergástula, surca todo su diario, donde se entremezclan la impotencia ante el destino impuesto a los judíos, la resignación de muchas de sus víctimas ante su aciaga suerte y la rabia por el trato degradante al que eran sometidos muchas veces por sus antiguos vecinos húngaros, convertidos en colaboradores voluntarios de los nazis.
BURDUJENI
Norman Manea. Autor de obras mundialmente conocidas como La quinta imposibilidad, La sombra exiliada, El regreso del huligan, Payasos, El sobre negro y muchas más que desbordarían los límites de esta breve reseña, Norman Manea nació en la pequeña localidad de Burdujeni, en la Bucovina rumana, en 1936.
Fue deportado en la infancia, junto con su familia, de origen judío, a uno de los campos de concentración abiertos por los colaboracionistas rumanos en Transnistria, en la actualidad Ucrania, del que regresó en 1945.
Ingeniero de formación, durante los años sesenta se dio a conocer como escritor en la Rumanía comunista. Distanciado del régimen, en 1986 aceptó una beca para estudiar en Berlín occidental y al año siguiente se instaló en Estados Unidos.
Actualmente vive en Nueva York y combina su actividad literaria con la docencia en el Bard College de esta ciudad norteamericana.
Personalmente, de toda su obra quiero destacar especialmente su retrato biográfico, contenido en La quinta imposibilidad, de la enigmática y carismática líder comunista rumana Ana Pauker, víctima de los procesos estalinistas en Rumania, y una de las primeras mujeres europeas en tener un papel protagónico en la vida política de su país y me atrevería a decir que en la escena internacional, llegando a ser portada de la revista Time por su relevancia mundial.
CERNAUTI
Paul Celan. Es uno de los grandes poetas de la Bucovina, una región multiétnica y plural hoy dividida entre Rumania y Ucrania, y uno de los grandes escritores en alemán, paradójicamente, de este parte del continente.
Casi toda su familia pereció en el Holocausto y él mismo estuvo internado en un campo de trabajaos forzados abierto por los nazis.
El trauma del Holocausto y la experiencia en los campos se convirtieron en temas centrales de su poesía, que utiliza el lenguaje para intentar expresar lo inenarrable de la aniquilación, como lo hace en el poema Fuga de muerte.
Tras un largo viaje desde Cernauti hasta París, pasando por Bucarest y Viena. finalmente se instaló en Francia huyendo del comunismo y de los fantasmas del pasado, que ya en aquel entonces le atormentaban.
Presa de varias enfermedades mentales, padecimientos emocionales, delirios y traumas derivados de su experiencia vital, Celan decidió acabar con su vida en la capital francesa el 20 de abril 1970, como tantos otros creadores que acabaron con sus vidas tras haber sobrevivido al Holocausto. Su completa obra poética está compuesta por más de 800 poemas y también tuvo una importante faceta como traductor en varias lenguas.
PORTBOU
Walter Benjamín. Benjamín, nacido en 1892, destacó muy pronto como filósofo, traductor, ensayista y escritor, pero sobre todo sobresalió como crítico literario.
Asiduo a los círculos literarios y políticos del Berlín previo a la Primera Guerra Mundial y después de la posguerra, fue un testigo de excepción del ascenso del nazismo al poder, en aquellos “felices años veinte”, y tras el incendio del parlamento alemán, el Reichstag, el 27 de febrero de 1933, Benjamín decidió exiliarse en París.
Presentía el aliento asesino en la nuca. El 14 de junio de 1940, tras la sorpresiva ocupación de la capital francés por las tropas nazis, Benjamin huyó de París.
Ser judío de origen alemán no era la mejor carta de presentación en ese París ya sumido en la barbarie nazi; muy pronto comenzarían a salir desde Francia los trenes de ganado repletos de judíos hacia los campos de la muerte.
Benjamín, uniéndose a otro hombres y mujeres que huían del asedio nazi, llegó a la ciudad fronteriza de Portbou el 25 de septiembre de 1940, donde se alojaría en el Hotel Francia.
Al parecer, según algunos testigos de las últimas jornadas de Benjamín, se encontraba en un mal estado de salud.
En el puesto de policía de la estación fue interceptado por la policía española porque carecía de la visa requerida de salida de Francia y no se le permitió seguir el viaje con el grupo que iba hasta Lisboa para tomar el barco que le llevaría hacia los Estados Unidos.
Temeroso de caer en manos de la Gestapo, que ya operaba en Francia, y en vista de que tampoco podía volver a París, Benjamín se tomó una cápsula de morfina que siempre lleva con él y se quitó la vida el 26 de septiembre de 1940.
VARSOVIA
Wladyslaw Szpilman. Es el gran relator y casi me atrevería a decir que notario, por lo detallado y pormenorizado de su relato, del gueto de Varsovia.
Szpilman escribió unas memorias desgarradoras que bajo el título El pianista del gueto de Varsovia se adaptó al cine, en la película “El pianista”, dirigida por Roman Polański.
El libro está escrito en primera persona y en él cuenta como sobrevivió a las deportaciones alemanas de judíos a los campos de exterminio, la destrucción del gueto de Varsovia en 1943 y el Alzamiento de la capital polaca (1944) durante la Segunda Guerra Mundial.
En el gueto de Varsovia más de 400.000 judíos, separados bruscamente del mundo exterior, fueron encerrados como animales en el recinto carcelario de lo que llegaría a ser el mayor “cementerio de los vivos” de todos los creados por el ocupante en las distintas ciudades y villas del “Gobierno General de Polonia”.
Este número aumentó rápidamente debido a la afluencia de refugiados procedentes de otras partes del país. Szpilman nos relata con crudeza y sin rodeos esta gran tragedia que ocurrió en el corazón de la Europa civilizada entre 1939 y 1945.
La primera versión de este libro se publicó en Polonia bajo el título Śmierć miasta (Muerte de una ciudad), publicado por la editorial polaca Wiedza, pero enseguida fue retirado de la circulación por las nuevas autoridades comunistas polacas.
El nuevo gobierno de la Polonia comunista trataba de minimizar el sufrimiento y el exterminio casi total de los judíos de esta nación porque miles de polacos también habían estado implicados en las matanzas y colaborado con los nazis; diluyendo en el olvido el Holocausto, pensaban, las responsabilidades en el mismo de muchos de sus ciudadanos pasarían al magma colectivo del olvido y la desmemoria.
Szpilman murió en el año 2000 sin ver el estreno de la película del mismo título de su obra, pero al menos dio fe del horror que significó el Holocausto para Polonia. Su carrera musical, con 500 creaciones en su haber, fue brillante y plagada de éxitos.
TURÍN
Primo Levi. La tranquila vida italiana de Primo Levi se vio surcada en 1938 por leyes raciales de Mussolini y el ascenso del fascismo en toda Europa.
Nacido en Turín, en 1919, Levi decidió levantarse en armas contra los fascistas italianos colaboradores de los nazis, pero muy pronto fue detenido y enviado por los alemanes a Auschwitz.
Una vez liberado el campo y de regreso a la normalidad, Levi escribió la famosa Trilogía de Auschwitz, tres novelas escritas con precisión, brillantez y concisión, pero también con moderación y mesura.
El recuerdo de lo vivido en ese infierno dantesco ya no le abandonaría el resto de su vida y sería un fantasma acechante que lo acompañaría hasta el final de sus días, polemizando sobre el sentido de esta experiencia con Adorno y el mismo Améry. “Cada cual vivió el campo a su modo”, decía Levi, que quería “no vivir y contar, sino vivir para contar” las atrocidades de las que fue testigo y que le hicieron saber lo que verdaderamente significa “yacer en el fondo”. Y la deshumanización, el aniquilamiento del cuerpo y del alma hasta que la persona queda reducida a la nada, que llevó a Levi a decir que habían sobrevivido los peores, en una selección negativa.
Levi, además. desafío a la máxima de Theodor Adorno que una vez afirmó que después del Holocausto no se podría escribir poesía.. El 11 de abril de 1987, Primo Levi se suicidó arrojándose por el hueco de la escalera de su casa, aunque su muerte sigue siendo motivo de controversia al día de hoy y algunos amigos suyos aseguraron que no se trató de un suicidio porque se mantenía lúcido y alegre hasta el final de sus días.
En cualquier caso, descanse en paz el gran Primo Levi. Nos quedamos para siempre con sus palabra
PETRÓPOLIS
Stefan Zweig. Es el más conocido de toda esta larga lista de escritores que se enfrentaron a la tragedia el Holocausto.
Zweig, que había nacido en Viena en 1881, fue uno de los muchos que huyó dejando atrás su Austria natal que ya habían conquistado los nazis y destruido para siempre. No pudo soportar perder su mundo de ayer y se refugió en Petrópolis, Brasil, donde recibió la hospitalidad y el reconocimiento de sus vecinos.
Sin embargo, Zweig entendió que lo inevitablemente despedazado nunca se puede reconstruir y que la tragedia que devoraba a Europa era irreversible, que de los pedazos dejados en el camino por los nazis nunca se podrá crear lo que había antes y que de la muerte no puede germinar la esperanza y la vida.
Sentía que su existencia se había evaporado, como la de tantos otros, a través de las chimeneas de los campos, aunque estuviera gozando de esa momentánea y efímera calma alejado del horror de la guerra.
Sus libros ya habían sido prohibidos por Hitler en toda Europa. El 22 de febrero de 1942, comprendiendo que su vida ya no sería la misma y que quizá el destino de la humanidad estaba en peligro ante el empuje de la bestia nazi, el buen Stefan, vestido de sus mejores galas y habiéndose despedido de sus amigos, se suicidó en compañía de su esposa, dejando atrás este mundo abrazado a la misma.
Su última carta, como mensaje lanzado a toda la humanidad, decía así: “Dejo saludos para todos mis amigos: quizá ellos vivan para ver el amanecer después de esta larga noche. Yo, más impaciente, me voy antes que ellos”.